El principio regulador de la Iglesia 15: Su aplicación específica (Parte 4)
El principio
regulador de la iglesia no sólo se aplica a su gobierno, sus tareas y su culto,
sino también a su doctrina. La iglesia no puede añadir ni quitar nada a las
doctrinas de la Biblia. Debe confesar (en su identidad como columna y sostén de
la verdad—1 Tim. 3:15) todo lo que la Biblia dice y sólo lo que la Biblia dice.
Sin duda, la Confesión de Westminster tiene razón cuando señala este punto en
el capítulo 20 y el párrafo 2:
Sólo Dios es Señor de la conciencia, y la ha dejado libre de las
doctrinas y mandamientos de los hombres que sean contrarios a su Palabra o que estén fuera de ella, si se trata de
cuestiones de fe o de culto. De modo que creer en tales
doctrinas u obedecer tales mandamientos por motivos de conciencia es traicionar
la verdadera libertad de conciencia; y exigir una fe implícita y una obediencia
absoluta y ciega es destruir la libertad de conciencia y también la de la
razón.
Lamento decir que la Confesión de Fe Bautista de 1689 cambió esta
declaración admirable, clara y útil para que se lea como sigue: “Sólo Dios es
Señor de la conciencia, y la ha dejado libre de las doctrinas y mandamientos de
los hombres que sean contrarios a su palabra o que no estén contenidos en
ella”. Esta revisión oscurece la distinción crucial implícita en Westminster
entre cómo Dios es el Señor de la conciencia durante el resto de la vida (donde
los mandatos de las autoridades humanas legítimas tienen un papel importante y
necesario que desempeñar) y los asuntos de fe y adoración donde no lo tienen.
En la doctrina de la iglesia no basta con que la doctrina sea
coherente con las Escrituras. La doctrina debe ser exigida por las Escrituras.
Debe ser posible inferirla de las Escrituras “por una consecuencia buena y
necesaria”. Algunas de las doctrinas marianas del catolicismo romano moderno
(como su asunción corporal al cielo al final de su vida) son (podría decirse)
coherentes con las Escrituras, pero no pueden deducirse de las Escrituras por
una consecuencia buena y necesaria. El principio regulador les impide tener un
lugar en la doctrina de la iglesia. Ciertas opiniones o hipótesis de la ciencia
moderna pueden ser coherentes con las Escrituras, pero no pueden deducirse de
las Escrituras por una consecuencia buena y necesaria. Podemos mantenerlas con
bastante firmeza como nuestras opiniones o convicciones privadas, pero no deben
formar parte de la doctrina de la iglesia.

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